Samuel Lasso

Volver al proyecto: A un volcán no quieres verlo directamente a los ojos

¿Cómo hacer buen contacto visual?

Hacer un buen contacto visual es sorprendentemente difícil y todos podríamos aprender a ser un poco mejores al usar buenas habilidades de comunicación durante las interacciones importantes. Si quieres ser un mejor oyente, un mejor orador y cultivar una presencia más convincente, puedes aprender a practicar un mejor contacto visual durante las conversaciones para así dar la impresión correcta.


Casandra debería ser la abanderada de la anti-performance. Desde que ocupa las hojas de la mitología griega, toda palabra que pronuncie será escuchada como una mentira. Nadie actuará en consecuencia de sus palabras. Su texto nunca será perfomativo, no tendrá la capacidad de convertirse en acciones y transformar la realidad o el entorno. Excepto porque pronuncia y así construye una audiencia de sordos. Todo un ejercicio de contradicciones.

Yo vaticiné desgracias, pero nadie me escuchó.

Ver el futuro es el regalo y que nadie me crea, es mi maldición.

El Dios que me otorgó este don, no me permite rechazarlo.

En todo caso, el dispositivo hace pensar inmediatamente en la valija que Vicent Vega protege con su vida en Pulp Fiction. Nunca vemos su interior y cada vez que la abre una luz lo encandila. La valija es una promesa de sentido que nunca llega. Alfred Hitchcock llamaba McGuffin a un elemento de suspenso que hace que la trama avance pero que en realidad no tiene mayor importancia. Las predicciones de Casandra, en el marco de enunciación que las genera: son reales. El conflicto surge cuando encuentran un oyente, que nunca será persuadido a creer en ellas. ¿Cabría pensar sus visiones, entonces, como un gran McGuffin? Cada vez que abre la boca construye un enunciado que parece importante en sí, hasta que nos damos cuenta que su interés principal reside en hacer avanzar la acción, y para los que lo vemos de lejos, poner en práctica la duda radical. A nadie le da pena hacer catarsis con la desgracia de esta troyana muda para los sordos.

Yo vaticiné desgracias, pero nadie me escuchó.

Supe que ese bello desconocido sería la ruina de nuestra ciudad,

y sin embargo a nadie pude persuadir de mantenerlo lejos.

Una actitud receptiva y optimista, sin dejar de ser crítica. Muchas veces me siento identificada con el escepticismo como marco teórico. Escepticismo en el verdadero sentido de la palabra. Es decir, dudar pero seguir buscando. Eso que los antiguos griegos, como Pirro y Sextus Empiricus, creían: que los escépticos eran aquellos que nunca encuentran la verdad pero siguen buscándola. Un verdadero escéptico es, en realidad, un optimista, porque debes creer profundamente que estás buscando la verdad o por lo menos, comprender.

Yo vaticiné desgracias, pero nadie me escuchó.

Sólo tuve un aliado, que también vio la maldad en ese regalo.

El mismo Dios lo castigó haciendo de sus hijos comida para serpientes.

Si le preguntamos al Joven Artista sobre la capacidad del arte contemporáneo de impactar sobre la vida, probablemente nos mirará con desconfianza. “No soy de esos artistas que padecen de cinismo incrédulo”, le oí decir en una clínica. Más bien lo suyo es un sano -y místico- escepticismo. El arte para él, es una creencia, una suerte de fe y como ocurre con la fe “uno nunca puede estar seguro, la seguridad elimina la fe, porque si yo sé no preciso creer”. Dudar del impacto del arte es darle una oportunidad, es creer en sus capacidades. Para el cínico la destrucción de certezas es casi un acto reflejo y así opera en soledad. El escéptico confía en la duda como metodología y en el diálogo como soporte. La diferencia radica en la generación o no de una comunidad de espectadores, y esta generación es idéntica al ejercicio de una posibilidad: terminar de comprender la obra y darle sentido como derecho básico de todo espectador de arte. Tarde o temprano, el escéptico necesita de un otro para entrar en diálogo y discutir sus verdades por eso un artista escéptico creará las condiciones de entendimiento que garanticen la presencia de un espectador del otro lado, que lo supongan en su propia lógica de consumo.


Yo vaticiné desgracias, pero nadie me escuchó.

Podría dejar de decirlas y que sean un secreto…

¿pero cómo vivir con tanto dolor silenciado?

El arte, se sabe, ordena el vacío a través de la sublimación que supone entrar en relación con el medio simbólico. En cualquiera de sus formas de aparecer (hoy más multiplicadas que nunca), el arte genera un escape afortunado a la tendencia de nuestros pensamientos de la vida cotidiana, nos proporciona un “entre-paréntesis” de la significancia que, a todas luces, sigue otra lógica. Se supone que está puesta entre paréntesis garantiza la suspensión de la angustia de estar vivos, pero al mismo tiempo, es la contraparte de una negociación con el sentido en el que dejamos de querer comprenderlo todo para entregarnos a un conocimiento previo, o al margen, del lenguaje.

Yo vaticiné desgracias, pero nadie me escuchó.

Hubiera preferido nunca, nunca escuchar su oferta, Apolo rencoroso dios.

Si me preguntan, cambio todo por vivir en la ignorancia y morir sin saber que el fin está cerca.

Advertencias:

Si tratas de ver a las cejas o al puente de la nariz, asegúrate de que sean las únicas partes que mires. No desvíes la mirada por todo el rostro, pues parecerá que observas las manchas, los granos, las espinillas, las quemaduras, las deformidades de la piel, los lunares, etc. de la otra persona. Simplemente mira a la otra persona a los ojos, ¡sin hacerlo fijamente! Mirar con intensidad te hará parecer falso, o incluso peor, ¡como si fueras un acosador obsesionado! ¡No olvides tener confianza!


Mariana Rodríguez Iglesias