Un
cuchillo
que
acaricia
la
mirada

Imaginemos un cuchillo que avanza con cuidado, sutil, hasta rozarnos lentamente las pestañas. Nos encandila con su resplandor; su filo rodea suavemente la visión periférica. El miedo, aun en su calma, no puede evitarse.
Ese resplandor comenzó con la piedra. Fue el sílex el que encendió la luz primigenia: calor en el frío, claridad en la noche. Aún hoy, armas y encendedores replican ese mismo acto. La Ilustración occidental parece relucir de manera similar. Desde el siglo XVII, expedicionarios y viajeros produjeron mapas, diarios e imágenes que, además de legitimar la apropiación material y simbólica del territorio, difundieron una América exuberante y disponible para la explotación. Nombrar por “primera vez” el mundo equivale a instituirlo1. Figuras como Alexander von Humboldt o Johann Wolfgang von Goethe articularon el discurso racionalista con la sensibilidad romántica de lo sublime, buscando saber más y dominar mejor2. Situada entre arte e ilustración científica, esa mediación ofrecía un paisaje deslumbrante mientras ordenaba el territorio bajo la promesa del conocimiento.
Esa luz resplandece todavía. La razón ilustrada pareciera ser, al mismo tiempo, la causa del síntoma y la promesa de su cura. Bajo su brillo se ordenan muchos de los sueños de la humanidad, que hoy ponen en riesgo las condiciones que hacen posible nuestra existencia. Pero ¿sería posible pensar la naturaleza —dígase el paisaje— de una forma compartida? ¿Podemos corrernos del centro y pensarnos dentro de aquello que llamamos exterioridad y, aun así, seguir contemplándolo? Desplazarnos hacia un punto de vista involucrado puede ser un primer paso, observar lo que está sucediendo, contemplar, reconocernos dentro del “paisaje” y no frente a él, si es que vale la pena volver a esa palabra agrietada. Después de todo, no existe la inevitabilidad mientras haya disposición para contemplar lo que está sucediendo3.
Ante la persistencia de ese resplandor seductor, contemplar es una palabra roída, pero no hasta el tuétano; esconde dentro de sí una potencia necesaria en estos días. Se compone de cum, compañía o acción conjunta —porque desde la individualidad no puede sostenerse la existencia; ningún ser vivo depende solo de sí mismo—, y de templum, lugar sagrado desde donde observar el cielo. Juntos en esta tierra, mirando el cielo. Contemplar no puede ser un acto solitario, implica mirar(nos) involucrados, vinculados a aquello que nos rodea. Hoy contemplar puede ser un intento por recuperar ese sentido de lo magnífico que nos sobrepasa y eclosiona de forma grandiosa a nuestro alrededor.
Y aunque la luz siga resplandeciendo, es hora de carear su brillo, porque detrás de ese resplandor —en la promesa de un porvenir— se esconde el filo.
¿Cómo más podría ser, en fin, la caricia de un cuchillo?
Santiago Castro-Gómez, La hybris del punto cero: ciencia, raza e Ilustración en la Nueva Granada (1750-1816). Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, Instituto Pensar.
Marta Penhos, Ver, conocer, dominar. Imágenes de Sudamérica a fines del siglo XVIII. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
Marshall McLuhan y Quentin Fiore, El medio es el masaje. Barcelona: Paidós.
Proyecto realizado gracias a la Beca de Creación para artistas con mediana trayectoria del Programa Nacional de estímulos de Colombia 2025 y la Beca de Ayarkut Foundation junto a la Residencia Cobertizo. México 2023.
Gracias Gracias Gracias a María Martina Colmenero, Manuelito, Florencia Rocha, Sofi Culzoni, Nacho Pautasso, Mateo Hernández Lasso y Tomás Chernov por brindarme su apoyo.
Un
cuchillo
que
acaricia
la
mirada